martes, septiembre 12, 2006

El día de las vacas flacas

La compra en DIA es especial y extraña. Apenas cabe uno por esos pasillos encajados entre estanterías peladas y atestadas con productos que no han salido aún de las cajas que los trajeron en los camiones. La decoración es un lujo superfluo, así que se elimina. Al igual que la exposición de los productos, que esto no es un escaparate para niñitas pijas. Y si no, fíjate en esa gotera que cae con parsimonia desde un tubo fluorescente: en la película "Hostel" no hubiera desentonado en absoluto.

Aquí lo que cuenta es el precio. Por ejemplo el de las latas de Mahou, que salen a menos de la mitad de lo que me cobra el chino. O el de ese jamón con tan buena pinta, aunque cause cierto desasosiego el que se llame presunto serrano. Y yo que me leía de cabo a rabo las etiquetas de los productos y que recriminaba a Nepomuk que comprara un jamón cocido con menos del 85% de cerdo, me veo ahora en la duda de si será más aceptable el fambre de perna o el de .

Y es que atiborro mi cesta dando gracias al destino por aquel impulso que me hizo estudiar griego en el colegio. Sólo de ese modo me atrevo con las Sardellas Pikantikas o esa enorme saca de Madelonias que tiene un precio de risa. Y vuelvo a celebrar mi suerte cuando me hago con el gazpacho de un euro y pico que exhibe con alegría en el envase: "!Nueva receta! Ahora con hortalizas más frescas".

Rayos. Al llegar a la caja me doy cuenta de que he olvidado mi bolsita de Mango con asas de cordel y una salamandra pintada sobre el papel arrugado. Pero un día es un día, y me digo: qué demonios, tiremos la casa por la ventana. Así que con mi mejor sonrisa le pido a la cajera, reponedora, limpiadora, todo en uno, que me cobre también una bolsa "de camiseta" al desorbitante precio de tres céntimos de euro.

De algún modo consigo apretujar toda mi compra en la bolsa desafiando varias leyes de la física y salgo a un infernal día de calor. Las sienes se me cubren de sudor y algo así como un palmo de lengua me cuelga de la boca mientras ando. Y me cruzo con uno de los pobres del barrio: un anciano que duerme cada noche sobre cartones en un banco enfrente del supermercado y que siempre anda encabronado. Me mira entonces con rabia y me espeta:

- ¡Comunista! ¡Guarro!

Que me llame guarro alguien con una capa de mugre de una pulgada ya tiene su aquel, pero... ¿comunista? Esto es demasiado. Vamos, que estoy por lanzarle la lata de aceytonas a la cabeza.
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