jueves, septiembre 07, 2006

Semanario

Y es que toda una semana de catástrofes deberían haberme dejado una cosecha de al menos doce post. Porque demonios... no todos los días le dice uno a los padres de su pareja que lo que más le gusta del mundo es que "se la pelen y le metan la colita en la boca" olvidando añadir a la frase la palabra "gamba". Ni todos los días tiene uno que presentarse en el corte inglés para cambiar una lamparita con la pantalla derretida por haberse equivocado en la potencia de la bombilla (y eso después de dos horas diciendo "fíjate, al imbécil del vecino se le está quemando algo y no se entera."). Y desde luego, no todos los días pierde uno doce horas en bajar, codificar y grabar la película de Brokenback Montain para después darse cuenta de que lo que se ha bajado-codificado-grabado son tres cochinos episodios de Bonanza, arrullado por el choteo de Mr. Jim después de oirme preguntar si uno de los vaqueros tenía que ser Ben Cartwright.

Y así han ido sucediéndose los días chino-chano, y chino-chano cada anochecer tenía yo una nueva putadilla vital con la que compartir almohada y orinal. Y claro... sucede que con tanta catástrofe y tanto stress, la cabeza se me atrofia y lo que necesito realmente más que un post es una lobotomía, o a alguien que me avise que cada tupperware que compras en el IKEA lleva incorporado doce tupperwaritos decrecientes en sus sucesivos interiores a modo de muñecas rusas. Y así probablemente, no me encontraría yo ahora con una realidad donde se almacenan 60 tupperwaritos, una película de Ang Lee con Michael Landom, una lámpara de 70 euros con la pantalla pegada a la bombilla y unos suegros con tic nervioso en la ceja izquierda.

Ni tampoco tendría yo un Jim diciéndome que no me preocupe si no me sale el post; que ya tiene él preparado para publicar un análisis pormenorizado que ha hecho estos días sobre la Guerra del Líbano y su influencia en las venideras civilizaciones extraterrestres. Así... de golpe. Como si nuestros pobres comentaristas no estuvieran también amparados por las leyes de la Convención de Ginebra de 1949.

Cagoentó...
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