domingo, abril 16, 2006

Tus amigos no te olvidan

Si existe una literatura morbosa y cruel, esa es sin duda la de los epitafios. Sin embargo, ¿quíen no ha fantaseado alguna vez sobre qué dirán los demás cuando estemos muertos? Y ya no se trata de esa eterna cuestión -sobre la que al parecer sólo Iker Jiménez tiene una respuesta- de si existe o no un "más allá", sino que el epitafio, de alguna manera, es la prolongación de nuestra tonta vanidad a través de la fatídica transformación de la materia: la muerte.

Si pudieras elegir, ¿qué te gustaría que escribieran sobre tu lápida cuando llegue el momento definitivo? ¿Quizás algo tan bello como lo que se encuentra grabado en el sarcófago de Tutankamon? “¡Oh madre Nut! ¡Extiende sobre mi tus alas como estrellas eternas!”. O mejor aún, algo tan sentido como esto: “Aquí reposan los restos de un ser que poseyó la belleza sin la vanidad, la fuerza sin la insolencia, el valor sin la ferocidad y todas las virtudes de un hombre sin sus vicios” (Lord Byron para su perro “Botswain").

Pero puede que te sientas más inclinado a dejar constancia de otro tipo de sentimientos que definan tu visión de la existencia, tal como hizo Diógenes Laertio (“Al morir echadme a los lobos. Ya estoy acostumbrado”), o a lo mejor prefieres un epitafio más realista, como el que se le atribuye al Marqués de Sade (“Si no viví más, fue por que no me dio tiempo”) o ese otro, en verdad desolador, de Fernando Lleras de la Fuente: “No sé qué hago aquí”.

Aunque yo por mi parte, prefiero demostrar que el sentido del humor es lo último que se pierde, y mis preferencias van más en la línea de Alfred Hitchcock (“Esto es lo que le pasa a los chicos malos”), Molière (“Aquí yace Molière el rey de los actores. En estos momentos hace de muerto y de verdad que lo hace bien”), o el siempre genial Groucho Marx (“Disculpe que no me levante, señora”) que incluso propuso uno para su suegra que no sé si llegó a materializarse: “RIP, RIP, ¡HURRA!”. Aunque mi favorito personal es el que en cierta ocasión enunció el Oso Yogui: “No llores sobre mi tumba, que se inunda” (léase imitando el acento).

Sin embargo, donde se encuentran en verdad las gemas más raras es en los epitafios anónimos del mundo real. Uno de los más devastadores se puede leer en una tumba del cementerio de Salamanca: “Con amor de todos tus hijos, menos Ricardo que no dio nada”. Pero si existiese un oscar para los epitafios, el ganador absoluto sería el que se encuentra en esta lápida de el Cementerio Mount Royal de Montreal. Veámoslo con más detalle:

¿Qué? ¿Bonito, eh? Pero acerquémonos un poco y observemos la característica composición de este poema elegiaco en apariencia totalmente bucólico:

Pues sí, pobre John allí donde se encuentre... Aunque en este caso, ciertamente, se cumple por completo aquello de "tus amigos no te olvidan".
ecoestadistica.com