sábado, julio 01, 2006

Ser el niño que no soy

Cuando yo era pequeño había un niño que dormía en la litera de al lado de la mía abrazado a un oso de trapo. No recuerdo que fuera un oso demasiado grande, ni bonito, y desde luego no tenía pinta de caro, pero yo envidiaba terriblemente a ese niño. Supongo que porque daba por hecho que detrás de un niño con oso de trapo en la cama, había alguien que se lo había regalado y le había acostumbrado a dormir con él desde bebé, y eso olía a familia.
Con el primer dinero que robé, me compré un oso de trapo. Un oso naranja bastante espeluznante que habría puesto los pelos de punta a la niña del exorcista. Y yo ya era mayorcito para meterlo en la cama y desde luego, en un campeonato de osos de trapo éste no hubiera ganado precisamente el primer puesto, pero aún así me pareció el tesoro entre los tesoros y la victoria entre las victorias. Y cada vez que alguien me preguntaba por el engendro naranja yo decía -"Es mi oso de trapo de pequeño. Me lo regaló mi madre."-

Ya soy mayor. He seguido comprando osos de trapo todos estos años, tú lo sabes. ¿Cuántos habrá en la cesta que viste? ¿veinte? ¿treinta?. Encima de la estantería hay cuatro más y en un cajón bajo la cama escondo otros seis. Seguirán aumentando. Cada vez que visito algún lugar nuevo nunca me voy de allí sin haber comprado un oso de trapo. Pero cuando alguien me pregunta por el oso naranja tan feo que hay encima de la cama, yo siempre respondo lo mismo: -Ese es mi favorito. Mi oso de trapo de pequeño. Me lo regaló mi madre.-

Sé qué no es verdad. Sé que lo compré hace apenas cuatro años. Y sé que no había madre, ni había nada en la cama de mis siete años, pero aún así miento. Sigo mintiendo y sigo sin sentirme culpable al hacerlo. Supongo que porque en realidad no se lo estoy diciendo a ellos, sino a mí. Y yo me perdono porque así lo necesito. Necesito que sea mi oso de trapo de pequeño. El que me regaló mi madre. Mi favorito.
ecoestadistica.com