Cocina experimental
| Les había dicho que cocinaría algo. Parecían muy contentos, supongo que porque daban por hecho que si era siciliano tenía que dominar la mozzarella como nadie. Yo, que lo máximo que logré dominar en el mundo de la cocina italiana fue el abrefácil de los tallarines Gallo, opté por curarme en salud aludiendo que aquello iba a ser "cocina experimental". Ese truco fue infalible para que todo el mundo se comiera sin rechistar mi pollo a la pepsicola. Sucedió que después no me apañé ni un poquito con las setas, la nata líquida y la cebolla. Y cuando el amasijo incomible llegó a tocarme los tubérculos, opté por bajar al super y comprar tres envases de "salsa de setas Rana", calentarlas en el microondas y soltarlas por encima de los linguini que aguardaban, pacientes y acartonados, en el escurridor. Resultó delicioso. Mientras surgieron los "oh-que-rico", los "maravilloso-ariel" y los "qué-cosa-tan-buena" yo me limité a asentir con expresión de Buda sobrado (cuánto mola el éxito, aunque no sea tuyo...). Después, cuando empezaron los "y-esto-qué-lleva" y los "tiene-un-fondo-picante" me empecé a acojonar. Y para cuando me cayó a bocajarro el "dame-la-receta" tardé cerca de cuatro segundos en regalar mi alma al diablo y confesar hasta las pestañas. -Vale, os lo digo ya. Yo he cocido los linguini, pero la salsa es de Rana.- Y aunque esperé escondido en mi copa de vino a que llovieran los "buah", los "bueh" y los "así-cualquiera", lo cierto es que apenas pude escuchar nada que no fuera "cagonLAHOSTIAputa joderQUEASco". Eso sí... amortiguado entre quejidos guturales, el ptuaf de los escupidos y el gliglugliglu de un tragar de agua agónico y compulsivo. Una vez hube dejado de expulsar lambrusco por la nariz, caí en la cuenta de hasta dónde exactamente puede estar alguien abierto a la cocina experimental. |








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