El morbo postizo
| Hoy he tocado una teta de silicona. No lo cuento como el que escala el everest, ojo... prometo que sobar teta no era una de las constantes de mi vida, una vez superada la fase oral freudiana de los primeros churrups pezonero-maternales. Es más, yo me hubiera conformado muy mucho simplemente con seguir mirando toda aquella masa embutida en el escote, con ojos perdidos de niño a quien se le aparece la Vírgen de Fátima. Pero resulta que disponer de una sexualidad ambigua, hace que las mujeres te tengan una confianza un poco absurda, hasta el punto que están más que dispuestas a plantificarte una teta en la narices (literalmente) diciendo "toca, toca, mira qué reales son..." Y tocas, claro. Tocas. Con el dedito índice tieso, tragando salivilla para que no se te escurra por las comisuras y carita de perfecto imbécil chincha-que-voy-a-tocar-teta. Y dices "uy sí, fíjate..." mientras aquello hace blub-blub y se desplaza hacia un lado bajo el empuje de tu dedo, como una especie de tsunami de gelatina ondulante y grimoso. Entonces ella dice "Pues ¿sabes lo mejor? que con un simple mantenimiento básico, nunca se descuelgan. Las tendré siempre perfectas ¿qué te parece?". Y yo respondo "ah...qué genial, sí", mientras me aterrorizo pensando en los años venideros, cuando las generaciones de treintañeras de ahora se hayan convertido en las ochentañeras de mañana. Justo cuando nuestras calles y ciudades estén sembradas de apacibles abuelitas encorvadas y arrugadas, con voluptuosos pechugones de putón verbenero. |








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