jueves, mayo 18, 2006

Boquitas de piñón

A veces me gustaría mucho-muchísimo ser una de esas personas que saben hablar.

No, no es que a estas alturas yo me comunique con un pizarrín, no... me refiero a hablar bien. Hablar limpito como esos niños monos que las tias enseñan a las visitas para gloria de la familia.

Y es que antes de empezar el podcast Jim me había dicho "no sueltes tacos que hay niños y duendecillas...", pero llamaron a la puerta y se nos reventó la grabación, y claro, lo que yo quería era levantarme grácilmente y decir "uy...una criatura desconocida está golpeando nuestra puerta ¡sopla! ¡que intromisión más desconcertante!". De verdad, lo juro. Eso era lo que quería decir. Incluso a pesar de que al final lo que se grabara fuera: "la puerta-hostia puta-joder-mierda ¡plonc-patlonc! (patada a la silla)".

Lo reconozco. Mea culpa. Si las bocas se lavaran con jabón después de cada taco, el blanco de mis dientes podría distinguirse en el meteosat.

Así que nada. Entre que he decidido ser un gentlemen como Jim, de los que dicen ¡sopla! ¡cáspita! y ¡caracoles!, (obviando, por supuesto, el día del incidente del choconova) y que mi jefe acaba de reñirme severamente porque el ...oño...oño...oño de mi última frase intelectual todavía resuena por las paredes de la sala de juntas, he decidido que a partir de ahora, defeco en la sagrada forma, no volverá a salir ni un sólo taco de mi mujer de vida disoluta boca. Y que por mucho que me toquen la órgano de micción masculino, no dejaré que eso influya en mi hombre que ha sido objeto de fornicación lenguaje. ¡Vulva ya!

Eso sí. Voy a tardar un gonada masculina de secreción interna en contar las cosas...
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